Esperanza – Mar Marin

ESPERANZA Esperanza

Echando la vista atrás y viajando tan sólo un poco en el espacio físico me sitúo en ese vecindario de torres blancas altísimas y sencillos bloques naranjas. Un vecindario que se levantó hace más de 30 años en un terreno a las afueras de la capital con los esfuerzos de una cooperativa formada por gente trabajadora que había sido estafada previamente. Cada ladrillo hablaba de ilusiones truncadas, sudor y trabajo duro; cada ladrillo hablaba de la gente que albergaban esas casas modestas y felices….de ese barrio que no pudo llamarse de otra forma sino Esperanza.
Recuerdo sus enormes jardines y descampados y aquellos parques donde di mis primeros pasos, horizontes amplios de esa periferia donde aún no llegaba el metro. En aquellos descampados enterré a mis primeras mascotas y en las moreras que los habitaban recogíamos hojas para alimentar a nuestros gusanos de seda. Allí construimos cabañas con vallas de obra, decoradas con alfombras viejas y macetas desechadas por algún vecino. En las zanjas de las obras jugábamos junto a los niños del barrio a que éramos soldados en las trincheras de la segunda guerra mundial.
En sus hermosos jardines nos tocó ver los estragos de la heroína en los 80 mientras las advertencias de nuestras madres sobre jeringuillas y extrañas enfermedades retumbaban siempre en nuestras cabezas.
Recuerdo crecer entre juegos imaginarios y peonzas. Disfrutar del hula-hop, la comba, la goma, el rescate, la liebre, el escondite inglés, las chapas…También recuerdo a mis hermanas mayores y sus amigos poner un trozo de hule en el suelo y hacer espasmódicos movimientos y piruetas que ellos llamaban break-dance. Nosotras preferíamos jugar a que éramos bailarines de la serie fama o las chicas pijas de sensación de vivir algo más adelante, aunque nuestra vida en nada se parecía a la de ellas (aun me pregunto cómo pudo triunfar tanto esa serie).

Recuerdo también el miedo que les teníamos de pequeños a los vecinos del poblado gitano cercano, que se tornó en fascinación adolescente unos años más tarde. Nuestros héroes de aquellos años eran pequeños villanos llamados el Tony, el Manu, el Rafita, el Peque..y las heroínas eran las niñas que jugaban a ser mayores colgadas de sus brazos y que a menudo pagaban parte de las consecuencias de los actos de sus chicos.

Echando la vista a atrás recuerdo a un padre omnipresente en la terraza, cuya mirada vigilante perseguía cada movimiento extraño que tenía lugar tres plantas más abajo, en ese muro del aparcamiento donde pasábamos tantas horas y donde no me gustaba estar, por ser consciente del ojo protector que ejercía su función arriba. Recuerdo los corrillos de vecinas y las operaciones femeninas de espionaje detrás de los visillos, cuyos frutos daban eficaz cuenta a las madres de nuestra evolución, nuestras compañías y nuestras buenas o malas costumbres. Esa protectora presencia solo he podido valorarla con la perspectiva de los años y la distancia, puesto que a la vez eran madres sustitutas dispuestas a ayudarte en cuanto lo necesitaras, ya fuera abrirte tu casa si olvidabas las llaves de la tuya, curarte una herida con mercromina (¿Qué ha sido de esa mercromina roja?)  o darte el bocadillo de nocilla de merienda como a su propio hijo.

Esa cercanía y ese sentimiento de comunidad no he vuelto a sentirlo en ningún otro lugar donde he vivido y aunque nunca pensé que lo echaría de menos, lo cierto es que con el tiempo se añora y se valora.

Añoro también aquellos amigos de barrio con los que me crié, con los que descubrí tantas cosas buenas (y no tan buenas), con los que fui a mil fiestas y algunas peleas y con los que compartí mil confidencias sintiéndonos prácticamente como hermanos.
Hace no demasiado volví a Esperanza por la boda de una amiga. Ibamos casi todos los amigos del barrio muy elegantes y creciditos acompañados por nuestras parejas y desfilando por la entrada de la iglesia. Mientras saludábamos a los corrillos de vecinos que ya nunca veíamos, me pareció notar un halo de orgullo en sus miradas y un velo de emoción en sus retinas al observarnos.

… Justo igual que en las nuestras al volver a verles, como cuando se reencuentra uno con un familiar querido y largo tiempo añorado…

(Mar Marin 80-03-2009)